14 feb. 2005

La ventana

Hoy el Sol luce como sólo en esta tierra puede hacerlo. El azul del cielo es claro como el mar y unas pocas nubes tímidas lo cruzan con tranquilidad. Absorto, mi mirada se pierde a través de la ventana. Me recuerdo en esta misma posición hace años: escuchando el Ok Computer por primera vez, escribiendo en papeles perdidos, estudiando a ratos, leyendo los cien años de soledad de los Buendía.

Recuerdo también aquella chica de la casa de en frente. Cómo la intentaba espiar sin disimular y cómo ella se dejaba ver disimulando que no se daba cuenta de nada. Era para mí su piel un deseo de noches en vela, que se transformaba en dulces ensoñaciones y poemas malos. Recuerdo cuándo descubrí que se había echado novio, un cortijero con un coche grande y cómo yo sufrí aquel tremendo rechazo. Años más tarde la vi, hablé con ella y me pareció tan vulgar, que no podía explicarme cómo demonios había podido desearla.

Desde esta ventana también podía ver cuándo venían a buscarme aquellos amigos de la mocedad, todos ellos con sus respectivos apodos y artículos: el Pollo, el Dumbo, el Webster, el Lute. Recuerdo nuestras partidas eternas a las cartas y los sudores de manos ante la pérdida de dinero, porque siempre se jugaba con apuestas. Bueno, en realidad las deudas se acumulaban y sólo algunos fines de semana se hacían efectivas entre cubatas. Llevar aquellas cuentas era difícil porque todo el mundo debía algo a alguien y hasta que no te pagaban lo que te debían, uno no soltaba lo que debía, con lo que creo que prácticamente no se pagaba nunca.

Recuerdo aquellas noches de marcha donde sólo hablábamos de ligar y nadie ligaba porque todos éramos más que tímidos. También me acuerdo de las primeras borracheras y de las visitas a los coches aparcados junto al campo de fútbol donde iban las jóvenes parejas a desahogarse. Recuerdo también aquella leyenda del Biñolo, uno que se tiró a una chica y lo grabó en una cinta de vídeo, que todo el mundo decía haber visto.

Sigo mirando y recuerdo cómo me fui apartando de estos chicos a medida que yo iba pasando los cursos en el instituto y ellos dejaban los estudios para trabajar en el campo y ganar dinero. Tirando del hilo de la memoria, recuerdo que una de las últimas veces que hablé con el Webster, me dijo que el Lute se había ido a vivir con la Rubia, que era una mujer casada con otro cuando yo la conocí y que podría tener quince años más que él. Habían montado un bar juntos.

Recuerdo también cómo varios de ellos celebraron su entrada en la mayoría de edad con una puta del 'Golden Star' o cómo el padre del Dumbo, alcohólico empedernido, murió un día totalmente borracho.

Y así sigo recordando ocho o diez años más tarde frente a la misma ventana de mi mocedad.

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