29 ago. 2004

Bricomanía

Ayer estuve prácticamente todo el día entretenido con el bricolaje. Lo cierto es que cualquiera que me conozca sabe que soy muy torpe con cualquier trabajo manual, así que para mí fue todo un ejercicio de superación personal.

Resulta que me mudé el pasado mes de julio y aún no tenía ningún escritorio en mi cuarto. Ayer me dio la vena y decidí acabar con esta ausencia. Me planté en un Alcampo y me pillé una mesa baratilla. Tuve que recurrir a mi buen amigo E. -no confundir con la otra E. de un mensaje anterior- que me socorrió en su Ford Fiesta para trasladar el mamotrenco -todavía me duelen los riñones de cuanto levanté las tablas para echarlas al carro-.

Me puse manos a la obra como a las seis de la tarde y terminé a la una de la mañana. La verdad es que fue gracioso. Sudando la gota gorda, con un bañador, el casete a toda pastilla y animándome a mí mismo pegando gritos -estaba solo en casa-. Tanto gritaba -cuando algo salía bien, la euforia era incontenible; y cuando salía mal, el cabreo, enorme- que a las diez tocaron el timbre.

Salgo sudando, con un pedazo de martillo en la mano que ya quisiera para sí Thor y me encuentro a un anciano con cara de asustado. Hola, buenas tardes, le digo. El hombre se queda medio paralizado, y me dice Hola, mira, soy un vecino, y es que estaba tranquilamente viendo los juegos olímpicos en mi salón y de repente he escuchados unos gritos raros y he pensado que quizá había pasado algo.

En ese momento, lamenté tener el martillo en la mano porque era evidente que aquel señor me miraba como si yo fuera un loco y se apartaba muy lentamente de mí en un intento de no parecer descortés, pero evidenciando un claro temor hacia mí.

Ah, sí, no se preocupe es que estoy liado con el bricolaje y yo me animo gritando como los espartanos en la Antigüedad. ¿Los quienes?, me pregunta con cara de perplejidad, y me dice Vale, vale, no importa, es que mi mujer casi llama a la policía.

¿A la policía?, no creo que haga falta señor, yo soy muy torpe, pero creo que podré montar la mesa solo, ya me falta poco y no es cuestión de que los agentes de seguridad se ensucien sus bonitos uniformes. El anciano se fue murmurando algo entre dientes y yo volví a pelearme con la madera.

Esta mañana me he levantado alegre y satisfecho al ver esa bonita mesa adornando mi habitación. Tengo algún corte en los dedos, pero cuando lo miro me siento orgulloso e imagino que soy un honorable espartano y que esa magulladura es una herida de guerra.

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